POEMAS DE LA REPÚBLICA

 

“Que no vuelva a haber otra guerra,

pero si la hubiera,

¡que todos los soldados

se declaren en huelga!”

Gloria Fuertes

Muchachas en su mayoría menores de edad detenidas, juzgadas y fusiladas en 1939 por haber intentado, según el fiscal, reconstruir las Juventudes Socialistas Unificadas, organización a la que algunas habían pertenecido durante la guerra. Eran quince mujeres, pero dos se libraron, una por tener quince años y otra por estar su nombre escrito como el de un varón, y sólo trece fueron ejecutadas. Avelina, muy conocida, Joaquina, Pilar, Blanca, Ana, la de mayor entereza, Julia, Virtudes, Elena, Victoria, Dionisia, Luisa, Carmen y Martina.

 

Pasaron a la historia por "las trece rosas", título de un poema escrito por una de ellas

 

 

 

LAS TRECE ROSAS

 

Madrid se viste de luto,

por trece rosas castizas,

trece vidas se cortaron,

siendo jóvenes, casi niñas.

 

Malditas sean las almas,

de sus verdugos fascistas,

que con guadañas de odio,

segaron sus cortas vidas.

 

España es vuestra madre,

su cielo vuestra sonrisa.

sus campos tienen la sangre,

de unas rosas, casi niñas.

 

El pueblo de Madrid os quiere,

ese pueblo que abomina,

de salvadores de patrias,

de rojos y de fascistas.

 

Madrid es patria de todos,

su nombre solo mancillan,

el odio de los caciques,

cuya razón es la envidia.

 

Las rosaledas de parques,

de esta, nuestra España chica,

reflejarán vuestras caras,

vuestras sonrisas de niñas.

 

Benditas seáis mil veces,

benditas vuestras familias,

malditos los asesinos,

que nuestras rosas marchitan.

 

MI VENTANA

El viento
bate espadas de hielo.

-No abriré la ventana-

El viento
decapita luceros.

-No abriré la ventana-

El viento
lleva lenguas de fuego.

-No abriré la ventana-

En telegramas de sombra
que van llevando los vientos
se lee ya la Gran Noticia
que conmueve al Universo...

-Yo no abriré mi ventana-


Concha Méndez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MADRE AMERICA


Como una palma que desvela el aire
perfil del alba, que la noche cierra,
verde sobre el azul de un mar inmenso,
ardiente orilla, te contemplo América.
Seno de luz, tu entraña generosa,
tus senderos de sol, tu abierta tierra,
y los ríos arterias de tu vida,
para un mundo que el mar dejó en tus playas,
voz quebrada en la angustia de la guerra.
Señalando al espacio, tus montañas,
las sierras grises donde el cóndor vela,
en el hondo silencio de la noche,
en la eterna presencia de la niebla.
Caballos galopando en tus llanuras,
bajo el frío metal de las estrellas.
Valvas opalescentes, madrugadas,
emergen de su luz, marinas perlas.

La vieja Europa, tiembla en sus cimientos,
sólo por dos esquinas amparada.
La blanca estepa de la Rusia roja,
la de hazañas heroicas perdurables,
pueblo que cubre de sangrantes rosas
la delgada silueta de la nieve,
y frente a un mundo en ruinas,
Inglaterra, de grises soledades.
Sólo tú siembras vientos de esperanza
en tu mudo recinto de corales.

Yo hablo tu propio idioma, madre América,
en lengua de tu pueblo he de cantarte,
cálido acento de cansadas sienes,
reclinadas en regazo suave,
los párpados clavados en los ojos,
agujas de dolor, cristal del aire.
Por la vida futura que forjamos,
has hecho tuyas nuestras soledades,
la amarga soledad del hombre libre,
que ha visto atrás su mundo derrumbarse.

Cuando miro lejanos limoneros,
cuando sueño en mis campos de olivares,
cuando veo, en mi sueño, las orillas
de aquellos tibios, azulados mares,
vuelvo mis ojos con dolor de ausencia,
sobre el verde oscilar de tus maizales,
y son jazmines de tus noches claras,
tan blancos como aquellos azahares.
El delgado cimbrear de tus palmeras,
el fuerte olor salobre de tus mares,
toda la maravilla de tus noches,
cercadas por las selvas tropicales,
me dicen día a día que he vivido,
que en mis venas circulaba tibia sangre,
mi corazón, sobre tu abierta tierra,
y junto a él, abismos insondables,
ríos que van cantando, en sus orillas,
el moreno temblar de los manglares,
y una raza que sueña melancólica
su silencio, de siglos imborrables.

Cuando la muerte pasa sobre el mundo,
yo oigo el cantar de tus cañaverales,
y el cántico del mar, en mis oídos,
de sonoros acentos puebla el aire.

Espadas de dolor, delgadas voces,
en muerte y agonía traspasadas,
de otro lado del mar las traen los vientos,
sobre tus claras noches estrelladas.
Lleva la luz, cercos de oscura sombra,
enlutados parecen tus paisajes,
y las voces de angustia y muerte, lentas,
en fría soledad, recoge el aire.
Siempre será tu nombre, Madre América,
sobre la espuma de remotos siglos.
Tu nombre por caminos desandados,
que el mar los lleva a tu destino unidos.
En la inasible soledad del sueño
al nombrarte, percibo tus latidos,
como un blando latir de corazones,
juntos, en la penumbra del olvido.
 

María Dolores Pérez Enciso

 

 

Venía tu cuerpo moreno
En el agua rosada del río.
Un viento, de pena callada,
Retorcía los grises olivos.
Venía tu cuerpo moreno,
Inmóvil y frío.
El agua, cantando, pasaba
Por tus dedos rígidos.
¡Venías tan pálido,
soldado, en el río!
La boca cerrada, las manos heladas,
La piel como el lirio;
Y una herida roja, en la frente blanca,
Y una luz de aurora, en los ojos limpios…
¡Qué muerte la tuya, soldado del pueblo,
bravo miliciano, corazón amigo;
qué muerte más dulce, cien brazos de agua
ceñidos en torno de tu rostro lívido!
No venías muerto sobre el agua clara;
Sobre el agua clara, venías dormido:
Un clavel granate, en la sien nevada,
Y en los ojos quietos, dos luceros vivos.
¡Qué pálido y frío,
venía tu cuerpo moreno
sobre el agua rosada del río!


Ana María Martínez Sagi

 

 

Memorias del 36

Aquellos interminables
¡Treinta y dos meses de "Cruzada"!
(Ni "Cruzada" ni guerra ¡degollina!)
Para mí, lo peor del siglo veinte.
Fue el crimen a sangre fría,
duró tres años,
ese horror lo viví día a día,
en plena juventud
tuve hambre y frío
muriendo y conviviendo
con el cadáver de mi alegría.


Menudo menú


En la guerra comíamos…
de extraordinario,
piltrafas con patatas o con arroz
los domingos,
en el colectivo comedor.
Los lunes,
lentejas rellenas de cucarachas pequeñas.
¡Nada de qué horror!
El horror era
que se estaban matando alrededor.
 

Gloria Fuertes

 

 

ÉXODO

Una mujer corría.
Jadeaba y corría.
Tropezaba y corría.
Con un miedo macizo debajo de las cejas
y un niño entre los brazos.

Corría por la tierra que olía a recién muerto.
Corría por el aire con sabor a trilita.
Corría por los hombres erizados de encono.

Miraba a todos lados.
Quería detenerse.
Sentarse en un ribazo y con su hijo menudo.
Sentarse en un ribazo y amamantar en paz.

Pero no hallaba sitio.
No encontraba reposo.
No lograba la pausa sosegada y segura
que las madres precisan.
Ese viento apacible que jamás se interpone
entre el pecho y el labio.

Buscaba cerca y lejos.
Buscaba por las calles,
por los jardines y bajo los tejados,
en los atrios de las iglesias,
por los caminos desnudos y carreteras arboladas.
Buscaba un rincón sin espantos,
un lugar aseado para colocar una cuna.

Y corría y corría.
Dio la vuelta a la tierra.
Buscando.
Huyendo.
Y no encontraba sitio.
Y seguía corriendo.

Y el niño sollozaba débilmente.
Crecía débilmente
colgado de su carne fatigada.


Ángela Figuera Aymerich

 

 

 

A María Zambrano

Una música oscura, temblorosa,
Cruzada de relámpagos y trinos,
De maléficos hálitos, divinos,
Del negro lirio y de la ebúrnea rosa.

Una página helada, que no osa
Copiar la faz de inconciliables sinos.
Un nudo de silencios vespertinos
Y una duda en su órbita espinosa

Sé que se llamó amor. No he olvidado,
Tampoco, que seráficas legiones,
Hacen pasar las hojas de la historia.

Teje tu tela en el laurel dorado,
Mientras oyes zumbar los corazones,
Y bebe el néctar fiel de tu memoria

Rosa Chacel

 

 

Es mía y no mía la muerte

Es mía y no mía la muerte.
Es la muerte de los que nacieron conmigo
y cansados de ver morir o de matar,
van muriéndose en cuerpos que se resisten
a dejar de ser vivos.
La muerte va dentro, sin espasmos funerales,
grandiosa a fuerza de copiosidad.
Se fue quedando la risa triste
en su fanales de labios...
El bosque de los que no resistieron morir,
pulula en torno mío.
¡Es un bosque que canta en cien leguas
sus salmos de eternidad!
Me he dormido en el umbral de la luz y no hallo
más sombra que mi adhesión a la Sombra.

¡Nadie puede levantar a los muertos!
¡Con tal velocidad se deshacen!
Un muerto es un charco muy pronto:
un pequeño y odioso charco oscuro,
que no recuerda a nada vivo...
No se comprende, viéndole,
que los pies hayan sido otra cosa
que hueso con líquido miserable escondido,
capaz de llevar a los otros charcos a lugares
donde la oquedad del cráneo se llenara
de lúgubres resonancias.

¿Qué vino reconocería su siembra
en el vino mefítico que es un muerto
hecho este charco de ausencias?

Carmen Conde

 

 

 

Contar...


El paso por la frontera...
los campos de concentración
y montañas de tristeza:
la lucha para vivir
guardando la esperanza
de volver a nuestra tierra,
que nunca quedó olvidada.
Mas la angustia,
la cizaña de pensamientos dispersos,
debilitaron las fuerzas
de aquella juventud sana,
que se marchó voluntaria...
al maquis, la resistencia
y a reivindicar España,
cuando habían pasado
por los campos de exterminio
cuya tragedia ¡fue amarga!
Trabajar; de todo un poco,
en el bosque, la mina, el campo.
Ha sido a fuerza de años,
con una espina en el alma
que nos fuimos integrando
a esta tierra de Occitania
que en los reculados tiempos
se entrelazó con Hispania.
¿Queréis escribir la historia,
oír contar, cazar palabras?
Mortecida la memoria
que ya poquísima queda...
es como hacer el inventario
cuando una manga de viento
parte de lo que hay, se lleva.
 

Sara Berenguer

 

 

MUERTOS LEJANOS

Callada quiero la vida.
Dejadme sola, callada,
e iré con el pensamiento
donde las risas no alcanzan.

De aquel mudo cargamento
seré dulce compañía:
mañana no tendrá sol
ni la alegría del agua.

Nunca en la mejilla húmeda
pondrá ya el amor su llama:
para sus dorados sueños
se hizo la noche muy larga.

¡Juventud, barca anegada
con todas las velas altas!

CLEMENTINA ARDERIU

 

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Última modificación: 19 de enero de 2007