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¿Qué significa ser victimario y víctima en la violencia de género?

Martes 17 de julio de 2007, por Pilar Pascual Pastor

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Artículo publicado con el consentimiento de su autora


Es frecuente escuchar la pregunta: ¿por qué una mujer aguanta la violencia de su pareja? Sin embargo, por lo general, nadie se cuestiona, al mismo tiempo, ¿por qué un hombre necesita ser violento, en ocasiones hasta llegar a matar, a la persona que supuestamente más quiere?

Para la mayoría de la opinión pública la respuesta a la primera pregunta la buscamos en la propia mujer, y achacamos su falta de respuesta únicamente a su responsabilidad. Entonces llegamos a escuchar barbaridades del tipo: “algo habrá hecho ella”, “seguro que se lo merece”, “es que le va la marcha”, “si está con él por algo será”; o bien opiniones sobre la supuesta falta de capacidad de las mujeres; “a donde va a ir con sus hijos e hijas si no tiene donde caerse muerta”. Y con esta lógica, la responsabilidad de él, el agresor, se diluye e incluso se justifica.

¿Por qué en la violencia del hombre hacia la mujer no tenemos claros los roles de víctima (la persona que sufre la violencia, a la que hay que proteger) y de victimario (el responsable de ejercer la violencia, el que tiene que responder por ello)? Igual de claro, al menos, que lo tenemos con cualquier otro delito violento sobre las personas. La respuesta a esta pregunta es esencial para comprender, porqué tenemos esta doble vara de medir y porqué está costando tanto erradicar esta terrible lacra social. Vivimos en una sociedad asentada en la legitimación de diferentes formas de violencia, camufladas hipócritamente en valores como el poder, la fuerza, la competitividad, el éxito, las metas individuales...

Todas las personas estamos acostumbradas a soportar un alto nivel de violencia que llegamos a normalizar. Desde la infancia a los niños y a las niñas se nos posiciona de forma diferente ante esta violencia. Todavía hoy es muy normal que se anime a un niño a devolver una agresión y a una niña a pedir ayuda si la recibe. Este tipo de violencia se crea al organizar el mundo a partir de una diferencia construida arbitrariamente, como es el género. La violencia se permite y está tan interiorizada en cada una de las personas, que crecemos siendo permisivas a relaciones de “mal” trato. Llegamos a creer que es legítimo dudar de si la víctima es realmente tal víctima y si el agresor es ciertamente el culpable. Cuando la realidad demuestra de forma contundente que los hombres son los victimarios y las mujeres las víctimas, más del 90% en ambos casos. Y si la violencia de género está legitimada en nuestra sociedad, también lo está en las cabezas de sus protagonistas y de los/as profesionales que la atienden policías, abogadas/os, jueces y juezas, profesionales sociales y sanitarios quienes están implicados en la intervención de estos delitos.

A lo largo de estas reflexiones me propongo explicar las coincidencias y los aspectos diferenciales de la doble cara del problema de la violencia que sufren las mujeres de sus parejas. Y al mismo tiempo, desenmascarar las nuevas formas de machismo, que han ido aflorando desde que la reciente Ley Integral de Violencia de Género entró en vigor, y que mayoritariamente están dirigidas a banalizar el problema, a justificarlo y, sobre todo, a seguir des-responsabilizando a los hombres de sus comportamientos.

La recuperación de una víctima de violencia de género es larga y difícil, porque además de restablecerse de las secuelas que produce la propia violencia (ansiedad, depresión, indefensión...), también requiere que la mujer realice cambios estructurales en su personalidad, en la forma de verse a sí misma y sus posibilidades así como, en la manera de asumir las relaciones con los/as otros/as. La intervención psicológica de una víctima debe estar guiada por un eje transversal, que es el cuestionamiento constante de su educación de género y la corrección del modelo de relaciones que ésta impone, además de trabajar específicamente otros factores de vulnerabilidad individuales, como su propia historia personal de adaptación a la violencia de género (por ser mujer) a la que ha estado sometida en otros momentos y contextos vitales (infancia, juventud, adultez, en su familia de origen, en el ámbito laboral, en el círculo de amistades, etc...).

Y todo ello, desde las tres dimensiones de respuesta humana:

-La dimensión cognitiva: la mujer ha de desactivar las ideas y creencias que le hacen creer que es inferior, y al mismo tiempo responsable de su pareja, la idea de familia unida, del amor, la fidelidad, etc... y, además, lograr su empoderamiento personal y relacional. Cuestionar su identidad, el modelo familiar donde fue construida, y su propia historia de las otras violencias vividas, son factores muy relevantes. Sin olvidar trabajar el sentimiento de culpabilidad inculcado a toda mujer y creado como un mecanismo de aprendizaje que nos impide abandonar los roles femeninos tradicionales (que nos responsabilizan en exclusiva a las mujeres del mantenimiento de la familia y la pareja). Y todo esto cambiarlo por un sentimiento de auto-responsabilidad y de auto-respeto personal.

-La dimensión fisiológica-emocional: se trata de que la mujer entienda el poder de las emociones, cómo éstas se asocian a ideas y/o creencias, y cómo ambas condicionan el comportamiento de sumisión, adaptación y retroalimentación de la violencia. En concreto se trabajarán las emociones del miedo, la ansiedad, la ira, y aquellas que acompañan a la indefensión, el sentimiento de pérdida e inseguridad, la vergüenza, la frustración...

-La dimensión conductual: en este caso, se trata de modificar todos los patrones de conducta sumisa y de retroalimentación de la violencia por otros patrones de conductas asertivas y de defensa de los derechos personales. Aumentar la confianza, la seguridad en sí misma y la autonomía personal es imprescindible para consolidar el cambio en su autoconcepto y en su autoestima. Para una víctima de violencia es un camino arduo, difícil, lleno de dudas, con numerosas vueltas atrás en lo personal, pero también en el contexto social que como expliqué antes, no la ayuda en nada, más bien todo lo contrario.

Porque estamos hablando de conseguir algo que es tremendamente complicado: abandonar la mujer que fueron y renacer siendo otra, muy diferente, una mujer con una nueva forma de pensar y de respetarse, que cree en sí misma y en un futuro esperanzador. Cuando trabajas con ellas, y por un momento intentas comprender sus dificultades para el cambio, te das cuenta de que también poseen una gran fortaleza y tesón, están acostumbras a levantarse una y mil veces... Suelen transformarse en verdaderas supervivientes en general y, paradójicamente, ejercen una gran protección de sus hijas e hijos.

En otro orden de cosas y basado en nuestra experiencia en el tratamiento psicológico de mujeres víctimas de violencia, creemos que las profesionales que atiendan a estas mujeres han de ser mujeres feministas que se hayan cuestionado a sí mismas todos los aspectos relacionados con su propia educación de género, su feminidad, sean conocedoras del género masculino y de la violencia masculina, y al mismo tiempo defiendan una sociedad basada en la igualdad de derechos para hombres y mujeres. ¿Pero qué ocurre con la recuperación del victimario, del agresor?, ¿es necesario que reciba un tratamiento psicológico, además de que cumpla las penas por el delito que comete?, ¿se pueden reducir las penas si se someten a este tratamiento?, ¿qué ocurre con los agresores que no tienen que cumplir penas en la cárcel? Desde que la Ley Integral de Violencia de Género está en funcionamiento, existe la posibilidad de que los hombres que ejercen este tipo de violencia reciban un tratamiento psicológico, además de cumplir la pena.

Las mujeres podemos alegrarnos de que se haya aprobado esta Ley. Es la primera vez en la historia de nuestro país que empiezan a invertirse lo roles adecuadamente:las víctimas son las mujeres, los agresores los hombres, a las víctimas hay que protegerlas y los agresores tienen que cumplir por el delito que cometen, además de tener la posibilidad de ser tratados psicológicamente para dejar de ser violentos contra las mujeres. La probabilidad de que un hombre vuelva a repetir los mismos comportamientos con la misma mujer o con otras mujeres es altísima, y son pocos los que acceden de forma voluntaria y consciente a recibir un tratamiento psicológico con unas características específicas de género.

Y es en este contexto en el que las nuevas formas de machismo están teniendo un buen caldo de cultivo. Si recordamos uno de los argumentos del principio... “la violencia de género está legitimada en nuestra sociedad, también lo está en las cabezas de sus protagonistas y de los/as profesionales que la atienden policías, abogadas/os, jueces y juezas...” Así podemos ver cómo jueces/juezas imponen penas irrisorias a los maltratadores, e incluso les eximen de cumplirlas si se someten a un cursillo de varias horas, con el que se supone que van a aprender a respetar a las mujeres y a no agredirlas. Cursillos a los que pueden asistir un gran número de hombres, e incluso sin que entiendan el castellano, que es la única lengua en la que se imparten. Parece increíble, pero banalizar la violencia de género es una constante del machismo.

También se extienden como la pólvora creencias negativas sobre las mujeres que son consideradas “supuestas víctimas”. Entre profesionales se cree que existen muchos casos de denuncias falsas de malos tratos, con el fin de conseguir beneficios en la sentencias de separación. No dudo que las habrá, como en otros delitos, pero en casos reducidísimos. Sin embargo, el objetivo es volver a sembrar la duda sobre la mujer, se busca de nuevo su culpabilidad haciendo creer que casos aislados son la pauta general, y volviendo a dejar invisibilizados a los verdaderos responsables. Cualquier profesional, experto/a en violencia de género, sabe que una verdadera víctima de malos tratos cuando da el paso de la denuncia es después de bastante tiempo y de un terrible sufrimiento, y que en muchos casos se desestiman denuncias por falta de pruebas o de verificación de las mismas, pero esto no significa que sean falsas.

Otra forma de desviar la atención de los verdaderos protagonistas es acusar al movimiento feminista, que lucha por los derechos de las mujeres víctimas de la violencia machista, de no querer que los maltratadores reciban tratamiento. Nada más lejos de la realidad. Los argumentos que estamos esgrimiendo las profesionales que atendemos a las mujeres víctimas son, fundamentalmente, que los costes económicos que supongan los tratamientos a los agresores no se sustraigan de las partidas presupuestarias destinadas a la recuperación de las víctimas, y que el tratamiento sea voluntario reconociendo éstos su responsabilidad en el delito, y sin obtener beneficios penitenciarios a cambio.

A continuación, expondré las características que deben cumplir los tratamientos psicológicos que han de recibir los agresores. Porque como hemos visto, no todo vale. Antes de nada hay que aclarar que es absurdo considerar una reducción de pena si se recibe un tratamiento psicológico, porque para que cualquier tratamiento funcione es condición necesaria y obligatoria que el propio sujeto reconozca que lo necesita. En el caso que nos ocupa, el hombre ha de reconocer que es un maltratador de mujeres, lo cual no sucede. Por lo general, ningún hombre acusado de ser un maltratador lo reconoce. Lo normal es que justifique su comportamiento, lo banalice, lo minimice y/o acuse a su compañera de ser la culpable, “pero si me reducen la pena hago lo que sea”. El cambio psicológico requiere de una motivación interna real y sincera, si no es así estamos hablando de otra cosa, de ningunear a la víctima y de no tomar en serio la gravedad del problema.

Si antes explicamos la dificultad de una mujer víctima para salir de la violencia y recuperarse de la misma como un proceso largo y muy complicado, en el caso de los hombres que ejercen la violencia es aún más difícil y con otras peculiaridades muy diferentes.

En primer lugar, los profesionales de la psicología que se ocupen de realizar estos tratamientos deberán tener una filosofía personal basada en la igualdad real entre hombres y mujeres, además de ser expertos en género, tanto masculino como femenino, y sobre todo conocer en profundidad las causas y los efectos de la violencia que ejercen los hombres sobre las mujeres. Sin olvidar que el fin último es proteger a las mujeres y a sus hijas/os. Los profesionales masculinos que se hayan cuestionado su propia masculinidad son los más apropiados para este tipo de intervenciones psicológicas con maltratadores.

En segundo lugar, también estos profesionales tendrán que cambiar su concepción y sus esquemas de trabajo, pues están acostumbrados a trabajar con personas que sufren y ahora lo tendrán que hacer con personas que hacen sufrir.

Y en tercer lugar, los profesionales deben entender que el primer objetivo de la intervención es crear la responsabilidad del problema en el maltratador, como única forma real de garantizar la aceptación y la eficacia del tratamiento.

Sólo cuando el hombre asuma su responsabilidad se podrá comenzar con el tratamiento psicológico propiamente dicho, que deberá cumplir con unos requisitos similares al tratamiento de las mujeres, pero con objetivos bien distintos. La coincidencia a la que me refiero es que el tratamiento para hombres también tiene que basarse en los cuatro componentes educativo, cognitivo, emocional y conductual, pero los objetivos en este caso serán los siguientes: El modelo de intervención que consideramos más adecuado es el que plantea el Grupo 25 (Cuadernos para el Debate nº 1, Grupo 25) del que resumo sus planteamientos:

-El componente educativo sobre la violencia de género estará destinado a anular el eje ideológico sexista. Se trata de administrar información sobre la naturaleza de la violencia, sobre la estructura social basada en construcciones de sexo y género, y sobre el significado de la violencia como imposición, imposición masculina sobre la mujer.

-El componente cognitivo desmontará o desactivará el modelo mental que sustenta y articula el comportamiento violento masculino hacia la mujer, y logrará la desaparición del poder abusivo. El componente cognitivo es central en este modelo de intervención, puesto que el hombre ha de cuestionarse las ideas y creencias sexistas, sus actitudes y motivaciones, y su identidad. Requiere la modificación de los componentes de su identidad relacionados con la violencia, alrededor de los cuales ha construido su autoconcepto y su autoestima.

-El componente emocional-fisiológico, destinado a entender y a modificar las asociaciones emocionales ligadas al modelo mental de los hombres maltratadores que potencian el comportamiento violento. Al menos se trabajarán las emociones de ira, frustración, impotencia, celos y miedo.

-El componente conductual, dirigido a desactivar todos los patrones de conducta elaborados por el maltratador para ejercer las tácticas de agresión, control, aislamiento y dominación sobre una mujer. Además de dotar al sujeto de habilidades para el desarrollo de vínculos respetuosos e igualitarios, de autocontrol, de resolución de problemas, manejo del estrés y canalización emocional. Como vemos, el tratamiento de un hombre que ejerce violencia sobre su pareja no es una cuestión que deba tomarse a la ligera, o que haya de dejarse en manos de profesionales que no entiendan la gravedad de este tipo de violencia y que se crean con derecho a tomar decisiones tan indignas como el ejemplo del cursillo para maltratadores que comenté al principio de este artículo.

Una de las formas más antiguas del machismo es creer que cualquier persona (generalmente hombres) se encuentra capacitada para hablar, opinar, interpretar sobre lo que les ocurre a las mujeres (como si todas fuéramos iguales y “nos faltara un hervor”), y además considerarlo como verdades incuestionables. A lo largo de la historia, tenemos numerosos ejemplos de esta falacia, vertidos por grandes e ilustres popes de la ciencia. Y derivado de este hecho, podemos observar que nunca se toma verdaderamente en serio lo que les sucede a las mujeres, no interesa realmente conocer las causas para poner las soluciones, incluso cuando estamos hablando de una realidad que a principios de julio de este año ya ha producido más de 40 asesinatos.

Como vemos, un hombre que ejerce violencia en la pareja tiene también un arduo camino por recorrer, quizá con un grado de dificultad mayor, en el sentido de que ha de reconocer que tiene un problema para poder seguir avanzando. Y porque el miedo que le produce cambiar su masculinidad significará, a priori, una pérdida de poder, y un abismo si no utilizo la violencia... entonces qué, quién soy, qué valgo, cómo consigo el amor, cómo consigo el respeto... Sólo a largo plazo entenderá que las relaciones basadas en el respeto y la igualdad ofrecen un mayor poder personal y, sobre todo, una mejor forma de ser persona y de estar en el mundo.

Publicado en La Boletina (XXV/noviembre-2006). La Boletina es la revista de la Asociación de Mujeres para la Salud.


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