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¿Qué feminismo?

Martes 12 de enero de 2010, por Beatriz Gimeno Reinoso

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Se ha dado la coincidencia de que últimamente he tenido ocasión de leer el llamado de algunas feministas a que surja una tercera ola de feminismo. Supongo que esos llamamientos tendrán que ver con la sensación de estancamiento que parece vivirse en el feminismo, con la sensación de que no estamos avanzando lo suficiente y que incluso en algunas cuestiones estamos retrocediendo. Predomina un cierto espíritu de frustración. Me preocupa que feministas informadas no sepan que esa tercera ola ya llegó (y quizá pasó); y me preocupa porque, precisamente esa es una de las quejas más repetidas del feminismo desde siempre: que los hombres, los académicos, los intelectuales, no se molestan en polemizar con el feminismo, que las aportaciones de éste no pasan a engrosar el canon, que sus trabajos pasan desapercibidos y que sólo son leídos y comentados por otras feministas. Ahora vemos cómo una parte del feminismo hace lo mismo cuando las propuestas de otro feminismo ponen en cuestión sus planteamientos tradicionales. Porque la llamada tercera ola de feminismo, si bien no parece haber contribuido grandemente a superar el patriarcado (de hecho las feministas de la tercera ola jamás hablarían de patriarcado) ha puesto de relieve cuestiones fundamentales, entre otras alguna de las razones por las que el feminismo puede estar estancado y por qué muchas mujeres sienten desafección hacia el activismo. La tercera ola de feminismo quizá no ha resuelto problemas pero sí los ha puesto de manifiesto. Y haríamos mal en no tenerlo en cuenta.

Esta tercera ola ha traído una problemática compleja que ha provocado debates muy encendidos e incluso odios irreconciliables en ocasiones, pero también ha sido un feminismo que ha tenido una enorme influencia en el pensamiento general. Está compuesto por una generación de teóricas de una gran brillantez intelectual, algunos de cuyos planteamientos no podrán ignorarse en el futuro, siquiera sea para criticarlos o contradecirlos en un debate necesario. Este feminismo ha abierto un mundo de posibilidades, nos ha puesto unas nuevas gafas de ver la realidad, incluso para quienes hemos criticado parte de sus propuestas. Para bien o para mal, después de Butler, de Lauretis, Wittig, Anzaldúa, Spivak, Fuss, Braidoti, Haraway o Preciado (por citar algunas de las más conocidas y diferentes entre sí) el feminismo no puede ser el mismo. Desgraciadamente, en España no se ha producido el debate necesario entre las dos generaciones y pocas son las aportaciones de la tercera ola que han pasado al acerbo cotidiano del activismo feminista. Esta ausencia lastra de manera determinante a este feminismo que vamos a llamar tradicional.

El término “tercera ola” es utilizado por primera vez en 1980 y se correspondería con ese feminismo que algunas han llamado feminismo postmoderno, postestructuralista, queer...No hay coincidencia en el nombre ni en definir en qué consiste excepto en un punto: el afán por poner de manifiesto que el feminismo surgido en los años 60, desarrollado plenamente en los 70, tiene que cambiar si quiere seguir teniendo algo que decir a las jóvenes generaciones. Se suele asumir que la primera ola de feminismo luchó por el sufragio y el acceso a la educación, la segunda por el acceso al espacio público y por la igualdad y la tercera por la defensa de la diversidad. Esto obviamente es una tremenda simplificación que oculta que el feminismo de la segunda ola ya planteó muchas de las cuestiones que después explotaron durante los años 80. No es posible resumir en poco espacio en qué consiste la tercera ola pero sí podemos hablar de algunas características comunes y entresacar algunos aspectos concretos e importantes para el activismo que, desde mi punto de vista, marcan algunas de las razones de la actual desafección de las jóvenes por el feminismo tradicional. Podemos ejemplificar lo que ha ocurrido si comparamos el programa del partido Iniciativa Feminista que se presentó a las elecciones europeas de mayo pasado con el programa de las Jornadas Feministas que se celebrarán próximamente en Granada. Mi impresión al leer el programa de IF es que dicho programa ignora completamente los cambios que se han producido en la sociedad y en el pensamiento en las últimas décadas. Tengo la certeza de que un programa como el de IF no podría en ningún caso captar votos porque sufre de una paradoja fundamental: su discurso está dirigido casi únicamente a aquellas mujeres que, justamente ellas, no van a votarle ya que tienen más que ganar si se mantienen dentro del sistema, es decir, si se mantienen fieles a los partidos políticos tradicionales. Al mismo tiempo, las mujeres que más necesidad tienen de cambios no están representadas en ninguna parte del programa de IF. Un programa político como el de IF (que es en definitiva la agenda política del feminismo institucional y académico que hay en España) sólo puede interesar a mujeres de clase media, de mediana edad, formadas en el feminismo de los años 80, emancipadas económicamente, heterosexuales o lesbianas no militantes, mujeres que no han asumido el enorme vuelco que ha dado el feminismo -la sociedad, en realidad- en los últimos 20 años. Las mujeres que podrían votar a IF son las que son directamente deudoras en lo personal, o incluso en lo profesional, del feminismo de los años 70. Por el contrario, si leemos el programa de las Jornadas Feministas veremos que es exactamente la antítesis del programa que ofrece IF. Aquí todo es feminismo postmoderno y pensamiento queer: diferencias, transversalidades, flujos, mixturas, identidades alternativas y múltiples.

Ambos programas se reivindican feministas y, al mismo tiempo, ambos representan en este momento dos visiones del mundo muy diferentes. Es evidente que no es lo mismo un programa político que un espacio de debate pero la enorme distancia que separa ambos documentos es un universo y esa es la distancia que separa en la actualidad a las feministas de la segunda y a las de la tercera ola. Al leer el programa de las Jornadas veo que de ahí tampoco saldrá nada que pueda interesar a la inmensa mayoría de las mujeres que viven y trabajan, sufren y gozan sin saber lo que significa la palabra queer, sin tener ni idea de qué son cyborgs o de que su identidad es múltiple, fluida, mucho menos híbrida; nada para que la mayoría de las mujeres se sientan atraídas o concernidas, nada que vaya a cambiar su situación. He sido muy crítica con la imposibilidad del feminismo queer para discutir acerca de las causas de la desigualdad, de sus efectos o de las prácticas materiales, justo los aspectos fuertes de la segunda ola. Pero también soy de la opinión que el feminismo de la tercera ola tiene parte de razón en sus críticas y que el feminismo tradicional no ha asumido algunas cuestiones fundamentales que lastran su agenda. En especial creo que todo se puede resumir en dos cuestiones: el feminismo de la segunda ola no puede enfrentarse al mundo contemporáneo sin tener un discurso claro y potente sobre la interrelación entre género y clase (también raza) y si no se esfuerza en recuperar un discurso radical sobre la sexualidad y el cuerpo. Estas ausencias afectan de manera determinante a cuestiones concretas de la agenda feminista, como voy a tratar de ejemplificar.

La preponderancia del género como instancia de opresión

La tercera generación de feministas ha puesto de manifiesto que las referencias al género como la contradicción no ya principal sino ciertamente única en que lo terminó convirtiendo el feminismo tradicional dificulta la alianza entre mujeres. Al convertir al género en el significante universal el feminismo tradicional ha borrado las diferencias entre las mujeres y pasando por alto las diferentes formas de sexismo a las que se enfrentan. Aunque no fuera ésta su intención, el feminismo de la segunda ola ha terminado borrando cualquier eje de dominación que no sea el de género. De la misma manera que llegó un momento en el que las feministas de los años 70 ya no quisieron seguir luchando dentro de otros movimientos sociales en la convicción de que en dichos espacios se postergaba indefinidamente la cuestión de la igualdad, muchas mujeres ya no podemos seguir esforzándonos dentro de un feminismo que sigue considerando que el sujeto es Una, que la identidad es Una: heterocentrada, blanca y de clase media. El feminismo se ha partido entre las que dan por supuesto que basta con ser mujeres para experimentar la misma opresión y las que pensamos que “nosotras” ya no quiere decir mucho. La teoría queer tuvo que venir a reivindicar que las identidades son múltiples y que sus diferentes componentes identitarios se interrelacionan de muchas maneras; que la construcción identitaria fuerte de “mujer” se había hecho a costa del silenciamiento de algunas experiencias o formas de vida que son tan importantes como aquella. En teoría, nada de esto es nuevo porque deconstruir los binarios, y entre ellos el de género, era un objetivo principal para el feminismo pero, como ocurre en ocasiones en la práctica política, la urgencia por fortalecer el sujeto político terminó matándolo. La exclusión de tantas formas de existencia resultó finalmente insoportable para muchas mujeres.

La perspectiva queer al menos reconoce que no todas las mujeres estamos en la misma orilla y que las mujeres no están oprimidas sólo en sus relaciones de género, sino también de clase, de sexualidad, de estado de salud, de raza... y que estas opresiones son para quienes las padecen, y esto es lo que el feminismo tradicional olvida tantas veces, tan importantes, a veces más, que la opresión de género, hasta el punto de que en muchas ocasiones es imposible priorizar entre una dominación, una identidad u otra...El feminismo de la segunda ola, el que nos habla desde los partidos, las instituciones, los medios, la academia o el activismo se dirige a aquellas mujeres cuyas identidades giran únicamente en torno al género y que siguen pensando que ser mujer es el vínculo que une a todas las mujeres, pero eso ya no es cierto. Es un feminismo autoreferencial, se dirige a ellas mismas: mujeres blancas, occidentales y de clase media. Cuando Wittig declaró que no era una mujer, no era una boutade, sino toda una declaración de principios. La solución no puede reducirse a lo que hizo el feminismo tradicional: sustituir la palabra mujer por mujeres.

En los años 70, más tarde en España, el sujeto del feminismo occidental podía ser esa mujer que no tenía lugar en el espacio público y que necesitaba de la igualdad formal para poder vivir. Pero el sujeto del feminismo ahora es fundamentalmente una mujer pauperizada y oprimida por múltiples factores de opresión; una mujer que tiene que trabajar de prostituta, de limpiadora, de obrera en una maquila, que es migrante, negra o indígena, que tiene que vender su útero para engendrar hijos para las mujeres ricas, o vender sus óvulos, que está enferma, que es discapacitada, que trabaja sin ningún derecho laboral teniendo que ocultar que es lesbiana o que no puede permitirse económicamente prescindir de los hombres. El metarrelato patriarcal que hemos venido utilizando hasta ahora no sirve a todas las mujeres en un mundo fragmentado que produce sujetos fragmentados. Dicho relato ya no es cierto para mí, por ejemplo, que me siento muy alejada de las feministas heterosexuales siempre con un punto de lesbofobia; que he sido heterosexual y soy lesbiana, que a veces me gustan los hombres, que muchas veces he echado en falta un pene entre mis piernas, que a veces me siento trans; transeúnte en todo caso de una identidad que siento fluida y no fijada; que me siento lesbiana frente a las lesbianas ocultas, que soy discapacitada en un mundo que oprime la discapacidad, que tengo una amante peruana a la que no dejan entrar en España y que es de la misma ciudad que la asistenta que limpia la casa de mi vecina; que soy madre igual que ella, aunque ella hace tres años que no ve a sus hijos; que tengo varias amigas prostitutas, algunas de ellas trans, con las que hablo, y que sé qué les ocurriría si la prostitución se prohibiese, qué les ocurriría a mis amigas trans, a quienes las feministas no se dignan acoger en sus asociaciones. En todos mis años de activismo no he encontrado nunca a ninguna trans, a ninguna prostituta, a ninguna limpiadora, en ninguno de los grupos feministas a los que he pertenecido. El movimiento lgtb está lleno de estas personas que, además, están organizadas, tienen conciencia política y cosas que decir. ¿En nombre de quién hablamos nosotras?

Un programa feminista plausible tendría que presentar una agenda que pivotara sobre las diferencias de origen, de raza, clase, de orientación sexual, de identidad de género...como lugares de opresión en los que nos encontramos las mujeres porque el sexismo está institucionalizado, sí, pero no determina de manera absoluta el destino de todas las mujeres de este mundo. Un feminismo creíble tendría que ser capaz de combinar la ruptura postmoderna con las metanarrativas y con las identidades esenciales con un impulso que tomara como punto de partida las nuevas identidades críticas con el sistema. Se trataría como dice Spivak de una operacionalidad estratégica en la cual podamos encontrar el diseño de nuevas políticas de liberación sin que la identidad se construya desde la exclusión de otras identidades.

Así que una de las cuestiones pendientes del feminismo tradicional es examinar profundamente de qué modo la raza, el género, la clase o la sexualidad se estructuran mutuamente. ¿Cómo se combinan entre sí? ¿Cómo divide el heterosexismo la identidad y la experiencia de género? ¿Cómo se experimenta el género desde la clase? ¿Cómo da forma la clase a todas las identidades? No es sólo que haya diferencias entre los distintos grupos de mujeres, sino que esas diferencias son a menudo conflictivas entre sí. Después de más de dos décadas de luchas protagonizadas e impulsadas por mujeres lesbianas o por mujeres no blancas, lo cierto es que el feminismo sigue atado a una determinada caracterización naturalizada del género que corresponde a las mujeres urbanas, educadas y de clase media. Si el feminismo no asume con naturalidad que el género ya no es lo único que estructura la diferencia no podrán sumar a la lucha feminista a todas aquellas mujeres para las que el género ya no es la línea divisoria única de su identidad.

Género y sexualidad

Desde los años 80 el deseo ocupa un puesto central en el pensamiento occidental. Este protagonismo del deseo tenía que afectar a un pensamiento de la diferencia sexual como lo es el feminismo y lo ha hecho, pero en su tercera ola. El feminismo de la segunda ola, que construyó en su momento una teoría radical de la sexualidad como uno de sus rasgos más distintivos, que enfrentó todos los convencionalismos sexuales de manera decidida, ha acabado siendo una teoría que no tiene casi nada que decir respecto a la sexualidad. Con su progresiva institucionalización, el feminismo deja de hablar de sexualidad y, sin embargo, el feminismo no puede entenderse sin una teoría sobre la sexualidad. Muchos de los debates no cerrados y algunos aun centrales para el feminismo como la prostitución, la pornografía, la violencia sexual, entre muchos otros, están directamente relacionados con la sexualidad. Soy de la opinión de que es imposible abordar el debate sobre la prostitución sin entrar de lleno en el asunto de la política sexual, un espacio en dónde feministas prolegalización y proabolición podríamos encontrar un punto de acuerdo. Cada vez me parece más evidente que una postura prohibicionista sin más oculta (de manera consciente o no) un fuerte componente clasista y que sólo un abordaje que incluya la política sexual permitirá acercarse a la prostitución desde un ángulo de justicia. El discurso que ofrece el feminismo de la segunda ola sobre la prostitución está petrificado en el tiempo. Pretender utilizar medidas policiales y punitivas frente a un fenómeno planetario como el de la prostitución dará el mismo resultado que utilizar medidas punitivas frente a la inmigración. Pretender tomar medidas sin que ellas tengan derecho a decir nada es injusto y demuestra un desprecio de clase digno de mejor causa. Celia Amorós lo deja bien claro cuando afirma que para abordar la prostitución hay que reciclar y volver a combinar dos tradiciones feministas clásicas: el feminismo radical y su énfasis en la política sexual del patriarcado y del feminismo socialista y su énfasis en la explotación capitalista de las mujeres. Esas tienen que ser las herramientas para un análisis y una política feminista frente a la prostitución o de lo contrario terminarán en el mismo bando feministas abolicionistas y todos aquellos para quienes reprimir la prostitución tiene que ver con el miedo y la represión de la inmigración y de la pobreza. Por ahí no es posible conectar con las jóvenes generaciones.

Al no hablar de sexualidad, no sólo la prostitución, muchos otros aspectos fundamentales quedan sin debatir. El abandono que el feminismo institucional ha hecho de cualquier análisis político de la sexualidad supone olvidar que la sexualidad está en la base, junto con otros factores sí, pero éste de manera fundamental, del sistema de desigualdad patriarcal. Especialmente hay uno que está en la base del feminismo desde su origen: la crítica a la norma heterosexual. Hay importantes aspectos del patriarcado que se pierden si éste no es considerado también un sistema que instaura la heterosexualidad como sexualidad normativa. La sexualidad no es sólo quién se acuesta con quién, y por supuesto las feministas lo saben. Excluir la heterosexualidad como estructura organizativa supone, en la práctica, reforzar el orden actual y sus valores al participar en la construcción de conocimientos o ideologías “aceptables”; cierra la posibilidad de entender que el género está ligado a la heterosexualidad como una estructura institucionalizada y hegemónica que organiza la división del trabajo y que es instrumental para el capitalismo y el patriarcado. La noción dominante de sexo en el activismo feminista actual depende de la naturalización de la heterosexualidad. Ingraham propone que en lugar de “género”, las feministas utilicemos “heterogénero”, reflejando así hasta qué punto su significado está ligado a la norma heterosexual.

Me temo que una parte de la negativa feminista a hablar de (hetero)sexualidad, desgraciadamente, tenga que ver con su negativa a reconocer al lesbianismo un espacio político. Cuestionar la heterosexualidad como institución no es lo mismo que cuestionarla como práctica o como deseo, no debería ser necesario decirlo. Si la segunda generación del feminismo argumentó que los procesos, sistemas y estructuras distribuyen tareas, roles y bienes en detrimento de las mujeres este análisis se extendió enseguida al entender otras feministas que una redistribución justa no sólo debe hacer referencia a los bienes materiales, sino que tiene que incluir bienes culturales, simbólicos y reconocimiento social y no sólo para la categoría género, sino para otras categorías identitarias. Muchas feministas siguen sin entender la ira o el dolor de muchas lesbianas al no verse reconocidas ni reflejadas en esa redistribución simbólica que debería hacer el feminismo también intramuros y que no hace. Me parece terrible que muchas feministas sigan ocultando en sus ámbitos públicos que son lesbianas, porque lo personal era político y porque la sexualidad no era privada. Es cierto que muchas feministas de la segunda ola son lesbofóbicas. Lo son en su negativa a representar, visibilizar y politizar el lesbianismo. Lo son en cuanto que se resisten a dar consistencia teórica y política al lesbianismo en las instituciones en las que tienen poder, en la academia, en las asociaciones, en los partidos….y los son en tanto que muchas de ellas son lesbianas que viven sin cuestionar políticamente el mecanismo del “armario”, un mecanismo nacido para la opresión de todo lo que se salga de la norma heteropatriarcal. Desafiar el “armario” debería ser una exigencia ética para quien se llame feminista. El armario es una estructura patriarcal en el que se esconden muchas feministas.

Otro de los aspectos en los que el feminismo tradicional se ha quedado obsoleto es en posición respecto a la transgenericidad. Las feministas institucionales han colocado la transgenericidad en la marginalidad y simplemente contemplan el fenómeno con curiosidad, cuando no con abierta hostilidad. Por mi parte, el conocimiento de personas transexuales y transgenéricas ha sido quizá la experiencia más reveladora de mi vida de activista. No es este el espacio adecuado para tratar de algo tan sumamente complejo como la transgenericidad, pero el feminismo de la 3ª ola le ha dado a esta cuestión la importancia que merece, mientras que el de la segunda ola sigue invisibilizándolo en medio de argumentos en muchas ocasiones insultantes para las personas transgénero. El feminismo institucional sufre también de una profunda transfobia. Lo cierto es que la transgeneridad es un laboratorio insustituible para probar varias de las teorías críticas acerca del género que planteó en su momento el feminismo, nos permite entender de otra manera los procesos por los que se construyen las categorías de género, de sexo, de identidad y orientación. La transgenericidad nos enseña mucho más sobre el sexo y el género de lo que toda la teoría junta nos permite saber.

La ausencia de discurso/propuesta sobre sexualidad es especialmente clamorosa en una sociedad hipersexualizada donde el sexo es un bien de consumo más. El feminismo tiene que decir algo al respecto, pero no es suficiente con decir que se está en contra de que la mujer sea representada como objeto sexual porque la cosificación/mercantilización del sexo, del cuerpo y del placer es general y progresiva. El discurso feminista tradicional sobre la sexualidad es tan cerrado que no deja espacio para que las mujeres se construyan como sujetos sexuales. Una de las críticas que la tercera generación hace a la segunda es que su feminismo está centrado en un permanente victimismo. Lo malo no es el victimismo en sí (yo sí creo que hay víctimas). Lo malo es que no hay un discurso sexual alternativo y afirmativo potente. La queja sola no vale y muchas mujeres ya no sintonizan con ese lenguaje. No se afirma con la suficiente convicción que no sólo somos víctimas, sino también sujetos de deseos de los que no hablamos porque no se le ha dado cauce, de placeres culturalmente negados, de fantasías perfectamente legítimas y que implican transgresiones profundas de la norma que deberíamos sentirnos libres para explorar. A estas alturas es sorprendente que las representaciones sexuales casi únicas que seguimos recibiendo sean las mismas de siempre. ¿Dónde está la alternativa feminista a las representaciones sexuales patriarcales? La ausencia del feminismo en este campo, en mi opinión, es muy grave porque deja todos los discursos sobre política y representación sexual a otras instancias no feministas.

Género y clase social

Poco a poco, el feminismo de la segunda ola, que tenía una importante base marxista fue desplazando la teorización de la clase a favor del género. Como ocurrió con la sexualidad, la clase terminó por desaparecer. Ejemplifico esta desaparición con un asunto concreto que tiene que ver con el feminismo y con la clase, y que debería estar el primero en una agenda feminista: la pervivencia en España del trabajo doméstico. En mi opinión, si el debate sobre prostitución ejemplifica el abandono de la noción de sexualidad por parte del feminismo, el no debate del servicio doméstico ejemplifica el abandono de la noción de clase. Que las clases existen y que la clase no se subsume dentro de la dominación de género lo demuestra la existencia del servicio doméstico. A las feministas españolas no les parece algo a considerar ni que merezca un debate en profundidad el hecho de que las mujeres españolas se hayan liberado de las tareas domésticas y de cuidado simplemente poniendo en su lugar a otras mujeres, más pobres e inmigrantes. Al parecer a las feministas no les sugiere nada el hecho de que todo el trabajo reproductivo esté ahora en manos de mujeres pobres e inmigrantes que trabajan en nuestras casas sin contrato, sin convenio, sin posibilidad de negociación colectiva, sin vacaciones pagadas, sin prestaciones de desempleo, incapacidad o enfermedad, con horarios que pueden ser interminables….en condiciones, en definitiva, que no se aceptarían (legalmente) para ningún trabajador varón. Creo que el servicio doméstico debería ser uno de los grandes temas de una agenda feminista en este país porque, como poco, está en la base de cualquier crítica de la división sexual del trabajo. Hay un problema, claro; si nos manifestamos en contra del servicio doméstico realizado por mujeres, ¿quién nos limpia las casas? Hasta hace poco las mujeres españolas podíamos excusarnos en nuestra homogeneidad racial y en parte también en cierta homogeneidad social que desde los años 60 provocó el acceso universal a ciertos servicios básicos. Esa excusa ya no sirve. Las mujeres del tercer mundo están aquí, las pobres están en nuestra casa, las mujeres negras, indígenas latinoamericanas, están en nuestras casas. Ya no todas las mujeres son blancas, ahora han aparecido mujeres no blancas cuya identidad principal está atravesada por la raza y la clase. Con la casi práctica naturalización del servicio doméstico no sólo no hemos conseguido hacer mella en la división sexual del trabajo, sino que con la contratación de estas mujeres colaboramos en su mantenimiento. Hemos transformado la división sexual del trabajo en una división que, además, de sexual es racista y de clase. Por tanto es relativamente absurdo trabajar para eliminar la división sexual del trabajo que se refleja en el ámbito público si nosotras mismas lo perpetuamos en casa. En todos estos años no hemos sido capaces, desde el feminismo, de cuestionar la supuesta necesidad de que otras mujeres ocupen los lugares que se nos habían asignado a nosotras, y que lo hagan, además, sin las condiciones mínimas exigibles para los trabajadores varones. Habrá que terminar por aceptar que aunque es cierto que mujeres de clase media y alta y mujeres migrantes y de clase obrera podamos compartir determinados aspectos de la vida debidos al género, lo que nos diferencia es tan importante como lo que nos une y estas diferencias, además, son en algunos casos imposibles de conciliar porque la liberación de unas conlleva necesariamente la opresión de las otras. ¿Quién limpia la casa de la limpiadora? ¿Quién cuida a sus niños? Al final de la cadena, la clase pervive sobre el género a no ser que acabemos con la división sexual del trabajo y con la privatización del servicio doméstico. Un feminismo que ignora esta situación tan evidente y tan habitual en nuestras ciudades es un feminismo clasista que no puede interesar a las mujeres sujetas a la dominación de clase.

En adelante

El feminismo de la tercera ola comparte que ya no podemos confiar en un “nosotras” que unifique lo heterogéneo y contradictorio de la identidad. Nosotras, migrantes, pobres, lesbianas, trans, discapacitadas, hemos sido demasiado tiempo invisibilizadas y borradas. Pero como feministas que algunas seguimos siendo nos cuesta renunciar completamente a que algo nos reagrupe como mujeres porque, a pesar de todo, muchas seguimos creyendo que la diferencia masculino/femenino es la que estructura toda la economía discursiva y que no es una diferencia entre otras. Pero al mismo tiempo pensamos que era absolutamente necesario que la tercera ola de feminismo viniera a llamar la atención sobre el naturalismo sexual y sobre las exclusiones en las que ha caído el feminismo y que lo hace inhabitable para muchas. No sólo es necesario asumir discursivamente otras realidades, es necesario representarlas, es necesario proporcionarles el espacio que les corresponde, es necesario escuchar las otras voces. El proyecto feminista debe por tanto encontrar la manera de seguir luchando contra el dispositivo patriarcal y, al mismo tiempo, visibilizar y sumarse a la revalorización contemporánea de la(s) diferencia(s) y construir un sujeto que sea al mismo tiempo Una y múltiple, Una y flexible, Una y fluido, en el que todas podamos encontrar cierto acomodo. Volviendo a lo concreto se trata, simplemente, de que las mujeres que ocupan lugares de visibilidad (social, intelectual, política) asuman que no pueden seguir entendiendo que el sujeto del feminismo son ellas mismas; se trata de que el feminismo recupere sus críticas a los binarismos, al género, a la heteronormatividad, que ya estaban presentes en la teoría feminista desde los 60. No todas las mujeres tienen que entender a todas las otras, pero todas las feministas pueden ser capaces de entender que sin un nosotras que sea múltiple y que cobije a todas, no habrá futuro. Se puede entender un nosotras siempre en proceso, un nosotras estratégico que mire con decisión hacia los márgenes que lleva décadas tratando de taponar.

Aunque siga siendo necesario para las mujeres un lenguaje de reivindicación de derechos, no basta ya con el discurso gris del feminismo institucional. Es absolutamente necesario un nuevo lenguaje que refleje comprensión de la complejidad de todos los factores interconectados y en ocasiones opuestos de las mujeres; es necesaria una nueva mirada que sea de verdad comprensiva de todos los puntos de vista; es necesaria una manera de integrar los cambios; son necesarias nuevas estrategias, nuevas maneras de organizarse, nuevas maneras de mirar el mundo y a las mujeres. Si el feminismo quiere seguir siendo una fuerza crítica tiene que atender a la teoría contemporánea y a los debates políticos, incluso a aquellos que problematizan el feminismo tal como lo entendemos, incluso aquellos que parece que lo ponen en riesgo. Porque no habrá una transformación del sistema de relaciones sociales sin una alteración real de las reglas del discurso simbólico que ordenan y formulan el sentido. El feminismo tiene que volver a su primitiva intención de alterar el universo sociosimbólico que nos regula y eso pasa necesariamente por tener un discurso sobre la política sexual; y pasa por tener un discurso contra la heteronormatividad, y pasa por un discurso a favor de las voces y presencias disidentes; bastaría con escuchar esas voces y darles cabida.

Quizá, después de todo tengamos que abandonar la postura defensiva de los 80 y 90 y volver a la postura asertiva que caracterizó a los años 60. Esto significa que en lugar de parapetarse en la búsqueda de la respetabilidad el feminismo tiene que apoyar cualquier forma de resistencia personal al género, así como también formas de deconstrucción y confusión de las categorías opresivas. Y en ese apoyo la visibilidad es siempre una estrategia necesaria para demostrar la fluidez, las incoherencias, las contradicciones de las diferentes identidades/sexualidades, para poner de manifiesto que la heterológica no es tal, que las fronteras pueden moverse, que hay espacios fragmentados y fluidos que aun pueden ocuparse. Para mí todo se resumiría en volver a pensar en el feminismo como el lugar peligroso y no domesticado que era en su origen y que debería seguir siendo.


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